Historia del Kombucha

El kombucha nace alrededor del 220 aC en el noroeste de la China (Manchúria), dónde fue premiado durante la dinastía Ts’in por sus propiedades desintoxicantes y energizantes. El 414 dC, un médico llamado Kombu, llevó el hongo del té a Japón y lo utilizó para curar los problemas digestivos del emperador Inkyo.

Siguiendo el recorrido de las rutas comerciales, este té fermentado se fue expandiendo mundialmente. Primero, llegó a Rusia y posteriormente, ya en el siglo XX, a Alemania. En 1950 empezó a consumirse también en Francia y en las colonias que poseía en el norte de África.

Durante la Segunda Guerra Mundial, se dejó de fabricar porqué no había suficiente té y azúcar. En los años de la postguerra, se hizo famoso en Italia y, posteriormente, en Suiza. Fue allí donde, en la década de los 60, los investigadores empezaron a estudiar los efectos beneficiosos del consumo de kombucha.

La bebida de kombucha que se elabora en Japón poco tiene que ver con la Occidente. Allí, se elabora con alga kombu, regular o en polvo, que se mezcla con té verde y se vierte sobre agua caliente. La palabra kombucha se traduce literalmente como “té de algas kombu”, ricas en minerales y umami, transformando el agua corriente en una bebida llena de sabores.

Actualmente, el consumo de kombucha está muy extendido en Estados Units, Australia, Nuova Zelanda, Sudáfrica y el Reino Unido.